Las redes virales de la falsa información

Publicado por Pablo Santibáñez en

Todas las personas que utilizan redes sociales en algún momento se han encontrado con noticias o informaciones que han sido distorsionadas o que son derechamente falsas. De hecho, no es raro ver que cada cierto tiempo estos “descuidos” se cuelen en la prensa formal, hecho que se acentúa en tiempos de inestabilidad social. El cahuín, el cotilleo, el pelambre o como se le llame, parece ser un fantasma presente en las poblaciones, en los lugares de estudio y trabajo, en los países y hasta en nuestra aldea global. Estas “mentiras”, viéndolo desde un punto de vista comunicativo, pueden deberse principalmente a tres motivos correspondientes a tres intenciones diferentes por parte de quienes publican. En nuestro país es conocida la página de noticias La legal, noticias del corte, que derechamente distorsiona la realidad social con una finalidad sarcástica: cuando uno visita su página o sus redes sociales no puede esperar otra cosa que noticias falsas y sus lectores lo saben.

Un caso que ya es problemático es cuando se producen errores en la difusión de la información, más aún cuando estos errores son publicados en medios que ostentan cierto prestigio, como los canales de televisión, los periódicos tradicionales y algunos sitios de internet con sus respectivas redes sociales. En algunas ocasiones se puede leer alguna errata posterior intentando enmendar el error que, aunque de buena fe, puede crear confusión en ciertos sectores de la población.

Sin embargo, existe un caso que es tremendamente problemático que consiste en dar una información falsa sabiendo que es falsa. Como ya se adelantaba, esto sucede en todos los niveles y, si bien en todos es preocupante porque en el peor de los casos puede destruir la reputación y vida social de una persona, cuando se hace en el nivel de los medios masivos de comunicación puede llegar a afectar incluso gran cantidad de vidas. En el ámbito político, es bien conocida la existencia de ciertas formas de manipulación de la información (ya sea deformándola, ya sea inventándola) y censura, que no siempre consiste en el ocultamiento directo, en tanto que, si una información que se desea ocultar aparece entre mucha información inútil o deformada, de alguna manera se está censurando “sin censurar”, o se está impidiendo el acceso a esta información sin prohibir.

Lo que tal vez no sabías es que esta preocupante situación también es estudiada desde el punto de vista científico ligado a la salud. Tal como un virus, la información potencialmente falsa o poco precisa se transmite y se multiplica como lo hemos visto este tiempo con el coronavirus. Esto es precisamente lo que estudia la infodemiología que se define, en primera instancia, como un problema de salud pública. En contextos de incertidumbre, la gente está propensa no solo a creer en cualquier información falsa, sino que también a propagarla. Esto crea más incertidumbre, miedo, ansiedad y daños físicos cuando las fake news (des)informan sobre el supuesto origen o sobre algunos tratamientos para una enfermedad. Hemos visto personas tomando ciertos medicamentos no recomendados ¡e incluso cloro! Los efectos de la propagación de esta información basada en evidencia falsa o sesgada, en datos pseudocientíficos imprecisos o derechamente alterados, puede llevar a que las personas se hagan daño a sí mismas o a otras personas al adherir a campañas contrarias a las medidas de salud recomendadas (como las antivacunas), agravando una situación que solo en el ámbito biológico ya es devastadora. Como esta información funciona de forma similar a la de un virus, las acciones que llevan a cabo las personas pueden poner en riesgo las medidas que se decidan para apaciguar las epidemias junto con impedir a la gente el acceso a los resultados de investigaciones basadas en la evidencia por saturar los canales de información. El desconocimiento inicial del coronavirus en humanos y su evolución rápida constituyeron el contexto perfecto para que la desinformación aumentara y cambiara rápidamente, más rápido que la información que realmente se tenía del virus.

Si se asume un punto de vista crítico, es sensato buscar fuentes confiables de información y seguir las recomendaciones que surgen de un análisis de los datos científicos en estos contextos. Lamentablemente, el descontento social antes de la llegada del coronavirus a este país provocó un rechazo a prácticamente todo lo que decía el gobierno al respecto, llegando a cuestionar la existencia del virus, por parte de algunas personas, y las vacunas ofrecidas para combatirlo. Es verdad que estos temas que provocan crisis son utilizados muchas veces por los gobiernos para desviar la atención de otros problemas que también son muy importantes, pero el hecho de que se les saque un provecho político no implica que el problema no exista. Muestra de ello es la cantidad de gente contagiada y muerta, y muestra de ello también son las evidentes diferencias de cómo se asumía la pandemia entre los más privilegiados y los más pobres. Justamente por estas desigualdades, como educadores debemos ser cuidadosos con el manejo de la información y asumir un rol activo en el combate contra las infodemias, siempre desde una mirada crítica. Es importante reconocer que

Los principales factores que contribuyen al desarrollo de la infodemia se encuentran principalmente asociados a la falta de programas de alfabetización digital, que incluye: a) la dificultad de buscar, seleccionar, recomendar y diseminar críticamente datos e información confiables; b) la falta de criterios y herramientas para obtener información crítica en el formato y momento adecuados; y c) el desconocimiento en el uso y pertinencia de aplicaciones digitales en salud[1].

García-Saisó S, Marti M, Brooks I, Curioso WH, González D, Malek V, et al. (2021). Infodemia en tiempos de COVID-19.

Quienes realizan este tipo de estudios desde el área de la salud mencionan que se puede prever una posible epidemia siguiendo el rastro de cierta información que se produce en la navegación por internet. La gente busca en Google cómo funciona, por ejemplo, el ébola, lo que deja algunos rastros de búsqueda como etiquetas o “#”. Estas búsquedas si son muy numerosas pueden ser indicio de que hay personas que tienen ciertos síntomas, lo que a su vez ayudaría a tomar medidas para prevenir una propagación mayor. En este sentido, la actividad que tenemos en internet genera un flujo de información que se puede estudiar para tomar decisiones y así prevenir enfermedades o epidemias.

Como miembros de la sociedad cada una y cada uno de nosotros juega un papel en la difusión o detención de la infodemia. La Organización Mundial de la Salud da algunos consejos sobre cómo afrontar esta situación que aparecen en la infografía adjunta. Además, se puede considerar el aporte de algunas organizaciones como Health On the Net (HON) que certifica sitios web con información sanitaria confiable a partir de algunos principios éticos. A pesar de estos esfuerzos por combatir la infodemia certificando más de 8.000 sitios, este número sigue siendo pequeño en comparación con la cantidad de sitios que desinforman en relación con estos temas[2] .

Como profesionales de la educación es prudente preguntarse si en nuestros lugares de trabajo tenemos las herramientas para incentivar la alfabetización digital y así defendernos de la infodemia en conjunto con nuestras comunidades ¿Qué estrategias podemos idear para contextos que cuenten con estas herramientas? ¿Qué podemos hacer en los contextos en que las herramientas sean escasas o no existan?

Fuente: https://www.who.int/es/news-room/spotlight/let-s-flatten-the-infodemic-curve

Si te interesó el tema, puedes investigar en los siguientes enlaces:


Referencias

[1] García-Saisó S, Marti M, Brooks I, Curioso WH, González D, Malek V, et al. (2021). Infodemia en tiempos de COVID-19. Rev Panam Salud Publica (45:e89). Disponible en https://doi.org/10.26633/RPSP.2021.89

[2] Zielinski C. (2021). Infodemics and infodemiology: a short history, a long future. Rev Panam Salud Publica. 2021;45:e40. Disponible en https://iris.paho.org/handle/10665.2/53850

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