Sentido común y racionalidad en tiempos de pandemia

Publicado por Danilo Soza en

Aquellos que condenan algo deben tener los medios para cambiarlo. La crítica sin sugerencia es como tratar de contener la inundación con la inundación y apagar el incendio con el incendio. Sus teorías ciertamente no tendrán valor.

Mòzǐ, Libro III sobre el amor universal. siglo V a.C.

La extravagante imagen del Cristo Redentor de Sao Paulo iluminado por las indumentarias de un personal médico es un testimonio muy representativo del momento de crisis que enfrentan los sistemas de creencias del pensamiento contemporáneo ante la pandemia ocasionada por el COVID-19. En un país en donde se concentra una enorme cantidad de fieles religiosos practicantes, se le rinde homenaje a los representantes más respetados de la ciencia y la racionalidad, los médicos y por extensión a los profesionales de la salud, quienes han puesto en riesgo sus vidas para entregar los cuidados necesarios a la creciente cifra de personas contagiadas alrededor de todo el globo. Son ellos los que se han convertido en los santos y héroes del conocimiento de la salud. Repentinamente son pocos los curanderos, homeópatas y otros abocados a las medicinas “alternativas” que se atreven a opinar con respecto a posibles soluciones para el COVID 19, y cuando lo hacen no son pocas las voces que se deciden a disentir y arremeter con todo en la defensa del conocimiento científico de la medicina, cosa que sería impensable hasta hace no mucho tiempo cuando la sombra de la enfermedad y la muerte no se ceñía sobre nuestras cabezas.

¿Pero cómo? Si no mal recuerdo antes de entrar en esta mórbida pesadilla pintada por el Bosco, el sentido común nos decía que todas las verdades, todas las opiniones y saberes tenían un espacio en la construcción del conocimiento, y que a excepción de uno que otro eurocentrista deschavetado por la influencia del capitalismo o el patriarcado, las personas sensatas debíamos defender por igual a la medicina occidental y a las medicinas o terapias alternativas; conservar el respeto y la compostura ante chamanes,  instructores de reiki y practicantes de la medicina china cuando generosamente nos ofrecían su conocimiento en cuestiones de salud, por una módica suma claro está.中药好西药快, rezaba una publicidad gubernamental en el metro cuando visité Beijing el verano pasado, lo que se traduce algo así como “la medicina china es buena, la medicina occidental es rápida”, dejando entrever que los efectos positivos de la primera, aunque demoran en manifestarse, se prolongan por más tiempo que los de la segunda.

Ya es poco lo que se observa de ese antiguo mundo en las redes sociales y su lugar lo ocupan titulares de noticias que reportan estudios científicos y opiniones de expertos de la salud, las que conviven con un aumento sustancial de material audiovisual que retrata a personas respetando la cuarentena, gente violando la cuarentena, y gente que impide respetar la cuarentena a los demás. Son los del primer grupo los que se han visto beneficiados por el clic de aprobación casi todo el tiempo, lo que por el momento nos entrega un confiable indicio de que nuestras acciones preventivas de aislación y distanciamiento avanzan en la dirección correcta.

Pero también hay casos a los que no sabemos darle una interpretación clara y nuestras respuestas son ambiguas o las olvidamos con facilidad, como por ejemplo las palabras del alcalde Daniel Jadue hace unas semanas, quien afirmaba que su gestión ya estaba tramitando la importación de grandes cantidades de Interferón alfa-b12, una «cura» prontamente desarrollada por científicos cubanos bajo los estándares epistemológicos del socialismo y la revolución, indudablemente mejores que los de los científicos de los países capitalistas, que como bien es sabido construyen todos y cada uno de sus métodos experimentales y teorías emponzoñados por la metafísica universalista de las leyes del libre mercado y la competencia.

Sin embargo, cuando la recientemente canonizada comunidad médica señaló el engaño, no fue nuestra certidumbre en el razonamiento del edil el que entró en crisis y nos hizo cuestionar su credibilidad, y nuestras alarmas de repudio solo se activaron cuando el exceso de confianza en su acostumbrada línea de argumentación lo llevó a afirmar que le importaba poco la opinión de los científicos. Creo que no me equivoco al sostener que cuando pensamos en la ciencia en el contexto de la medicina lo primero que nos entrega nuestro sistema mental de asociaciones es la imagen de un médico sonriente con delantal y estetoscopio, por lo que las palabras de Jadue desentonaron y nos ofendieron como si de un crimen de odio contra una minoría se tratara. El fracasado resurgimiento del lysenkismo en la República Soviética de Recoleta le costó caro a la credibilidad del alcalde, aunque más que haber sido objeto de una crítica concisa, lo que se observó fue una disminución de la atención pública, en favor de otras figuras emergentes, como la presidenta del Colegio Médico Izkia Siches.

Poco a poco este ignoto mundo nuevo de verdades científicas que se nos presentó como un mal sueño comienza a parecernos cada vez más real y menos ficticio, y que no llegamos a él quedándonos dormidos sino despertando. El trauma de enfrentarse a lo desconocido es soportado aferrándonos a aquellas ideas que han perdurado como lugares seguros tras la transición. Renunciamos momentáneamente a las marchas y al proceso constituyente por el bien mayor de la salud colectiva. Ignoramos e incluso nos atrevemos una que otra vez a refutar, con el resguardo de la mesura claro está, la obstinación de algunos de los rezagados que aún no entienden que las lógicas del mundo anterior ya no aplican al del presente, recordándoles que ya no es suficiente ni bien visto recurrir al relato de la maquinación conspiracionista del Gobierno para justificar cada una de nuestras acciones políticas, especialmente cuando la vida de todos está en riesgo. Eso sí, todo lo hacemos bajo la promesa jurada de que cuando pase el mal tiempo retomaremos con más fuerza que nunca el proceso histórico que comenzamos el pasado 18 de octubre.

Si bien es cierto que los titulares de prensa sobre ciencia médica gozan de un momento de fama y aprobación que poco habían disfrutado hasta el momento (quizás no al nivel de popularidad de las series de Netflix, pero sigue siendo un aumento considerable), hay que reconocer que a ratos nos entregan información contradictoria. En un comienzo el uso de mascarillas se nos vendió como una de las principales medidas profilácticas para librarnos del virus, pero luego sucedió que estas no servían para nada, o al menos así lo informaron casi todos los portales de prensa hace algunos días. Primero fueron murciélagos los culpables, luego los pangolines y al final de nuevo los murciélagos. Quién sabe qué otro extraño bicharraco declararán mañana como ingrediente principal de aquel caldo especialidad culinaria del mercado de Wuhan en donde se inició todo. Estos resultados inciertos comienzan a socavar nuevamente nuestras confianzas y certidumbres en la fe de la razón, por lo que más de alguno se ha dejado llevar por la tentación y ha decidido prestar oído a voces que parecían enterradas y que poco a poco empiezan a reaparecer, ajustándose por medio del ensayo y el error a los tiempos de la nueva sensibilidad.

Hace poco, la entrevista al conspiracionista Cristian Contreras [1] , alias “Dr. File”, por parte de Julio César Rodríguez, nos mostró poco de esa seguridad locuaz con la que se ganó el respeto de todo un país cuando compartió espacio televisivo con el pastor Soto y con la que se ganó la concesión a perpetuidad de la frase “pero con respeto”. Lo que vimos en su lugar fue a un conductor que, si bien se mantuvo firme en la posición respaldada por la comunidad médica y científica durante todo el programa, se quedaba sin argumentos para sostener una postura que le terminó por quedar grande, como a un pequeño infante usando la ropa de la mamá o el papá en un juego de roles. Nada pudo hacer ante las declaraciones de un delirante entrevistado que llegó incluso a declararse en contra del uso de vacunas, avanzando sin pudor alguno mediante la caracterización de quiméricos poderes fácticos internacionalistas y retrocediendo defensivamente con perversas interpretaciones de la libertad individual.

Pude comprobar que la sección de comentarios en YouTube de la reproducción del registro televisivo se vio inundada por muestras de aprobación a Contreras, y se convirtió por un momento en el lugar de encuentro y refugio entre aquellos que hasta el momento, por miedo o vergüenza, habían ocultado las opiniones que siempre tuvieron y que de un momento a otro se convirtieron en tabú.

Recientemente Richard Sandoval publicó en el Desconcierto una columna titulada “El virus de los cuicos que recorre Chile”[2], en donde con la misma amabilidad del narcotraficante que nos recibe de brazos abiertos en el living de su casa, nos entrega una dosis a la vena de sensacionalismo con olor y textura a odio de clase, apoyando su análisis en el exhaustivo trabajo de investigación realizado por el reputado etimólogo de Universidad de la Piojera, nada más que el gran Dióscoro Rojas. La calidad de la prosa argumentativa de Sandoval nos deja con la tranquilidad de aparentemente habernos hecho cargo del problema explicativo de la pandemia a través del conocido principio universal de causalidad de problema-culpable, y al mismo tiempo nos exime convenientemente de involucrarnos con complicados discursos que no acabamos de comprender y que, además, tienen el descaro de un día hablarnos de pangolines y al otro de murciélagos.

Eso sí, esta vez las cosas se caldean en la sección de comentarios, y aquellos pocos que por profesión o vocación tienen conocimiento real en materias de biología o lingüística, sienten con furia la necesidad de acatar al llamado de señalar la desnudez del emperador.

Y aunque los puritanos de la racionalidad salen del clóset y se expresan con libertad sin mostrar ninguna señal de temor a una eventual represalia, al mismo tiempo el contador de visitas se mantiene tan alto como siempre y los ingresos financiados por los servicios de publicidad de internet fluyen a caudales hacia las cajas de El Desconcierto y otros medios de “entretención seria”.

Por otro lado, la comunidad evangélica nos sorprende, cada cierto tiempo, con un nuevo acto de irresponsabilidad o insensatez que pone en riesgo la salud de todo el país, tras lo cual los convertimos en el blanco fácil de nuestras burlas y críticas. Está de más reparar que se trata de una comunidad empobrecida cultural y materialmente que, por una u otra razón, no se ajusta a los relatos románticos y salvacionistas de lo que significa “ser pobre” elaborados por las élites intelectuales. Mientras tanto, concedemos el beneficio de la absolución y el perdón a los oprimidos que sí se preocupan de entregarnos de vez en cuando un acto de contorsión que ante nuestros ojos parece desafiar las leyes físicas de la determinación social de la marginalidad y la pobreza que tanto denunciamos, teniendo además la decencia mínima de mantenerse inmóviles por la cantidad de tiempo suficiente como para que alcancemos a tomar una instantánea para sumar a nuestros ya abultados archivos empíricos de Facebook, Twitter o Instagram, a los que recurrimos cada vez que sentimos la necesidad de reafirmar la idea de la inevitabilidad de nuestros objetivos políticos.

La tentación del sueño crece y aunque el peligro de la muerte sigue presente, nos volvemos confiados de la experticia de la ciencia médica y dejamos de lado sus problemas, cuidando bien de seguir sus recomendaciones mínimas para luego entregarnos completamente a la catarsis de un espectáculo performático de las diferentes emociones que nos provocan las permanentes incompetencias y bufonerías de un gobierno del que no esperamos nada y al que simultáneamente le exigimos todo. Un gobierno que fue electo por una mayoría votante que no tenemos idea dónde está ni cómo es realmente, porque resulta que hace tiempo que decidimos desaparecerlos del mapa virtual para convertir nuestras redes sociales en auténticas cámaras de eco en donde resguardar nuestras identidades políticas de la contaminación acústica de nuestros rivales.

De vez en cuando, uno que otro envalentonado arremete en incursiones fortuitas hacia el campo común de batalla que ofrecen las secciones de comentarios de los portales de noticias y otros espacios virtuales. Este curioso ritual de ostentación tiene la conveniente ventaja de ofrecer la victoria a cualquiera de sus contendientes, quienes luego de haber hecho gala de su conocimiento comprometido con las verdades de su respectivo credo, regresan triunfantes y satisfechos a la comodidad del bando de origen, donde son recibidos alegremente con pompa, cánticos y coreografías.

Hacia una interpretación social de la racionalidad científica:

En este punto, quiero concluir abruptamente este relato colectivo imaginario y volver a mi voz autoral para dar cierre a esta caracterización del momento epistémico en el que nos encontramos como sociedad, en donde las creencias colectivas que asumamos como parte de nuestro sentido común tendrán una enorme incidencia en el destino de las vidas de cientos de millones de personas. Mi reflexión toma como punto de partida la constatación de un aumento repentino del apoyo declarado al conocimiento científico de la medicina y una pérdida de autoridad de los discursos religiosos y pseudocientíficos que, hasta hace algún tiempo, gozaban de una validación que difícilmente podía ser cuestionada. ¿Por qué sucede que ante la inminente amenaza de la muerte retornamos a la ciencia y no a sus competidores en la formulación de verdades del conocimiento?

Mi interpretación es que la amenaza de la muerte nos obliga a sincerarnos y asumir que, al final del día, todos depositamos nuestras confianzas en las verdades del conocimiento científico antes que en las de cualquier otra. Después de todo, el mundo contemporáneo se nos presenta rebosante de evidencia del poder explicativo de la ciencia, a través de una producción inagotable de tecnologías que tienen incidencia directa en nuestra vida cotidiana. Nuestros sistemas de transporte  terrestres, acuáticos y aéreos son un testimonio del poder explicativo de la física y las ciencias materiales a través de la ingeniería, así como lo son también las monumentales construcciones arquitectónicas que conforman nuestras ciudades. Las ciencias informáticas contribuyen otro tanto a través de la revolución de internet y la computación. Pero son las aplicaciones médicas de la ciencia las que se encuentran más integradas a nuestra representación visual del lugar del conocimiento científico en la sociedad; después de todo a ellas debemos el aumento significativo de la esperanza de vida del último siglo, a través de la renovación constante y perfeccionamiento de los medicamentos, tratamientos terapéuticos y promoción de prácticas higiénicas y alimentarias. 

Sabemos bien que ninguno de estos avances sería posible sin el desarrollo y validación social de la ciencia, y todo parece indicar que, a la hora de la verdad, no nos hizo falta más que la crudeza del no miracles argument de Putnam para que, al menos en lo que demuestran nuestros actos, se derriben nuestras convicciones en aquellos mal llamados “saberes alternativos”. Sin embargo, en los momentos en los que nuestra seguridad no depende de que expresemos un apoyo explícito a los dictámenes de la ciencia, le damos la espalda o ignoramos a aquellos que la atacan y levantan acusaciones apoyados en falsas dicotomías que ignoran por completo la complejidad del problema.

Algún pragmatista podría responder en este punto que las creencias pseudocientíficas, mágicas o religiosas, de alguna manera complementan los espacios que la ciencia no puede llenar. A estos ingenuos pacifistas del conocimiento se les debe recordar que muchas de estas ideas se encuentran en competencia directa con tratamientos médicos reales, prometiendo soluciones que son incapaces de demostrar bajo ningún estándar serio de observación, y lucrando con las expectativas y los temores más profundos de las personas. Son precisamente aquellos con menor acceso a la educación científica y las tecnologías los que más sufren las terribles consecuencias de la inequidad del capitalismo, y los más vulnerables a volverse víctimas de este tipo de embustes. La posición pragmatista exime a los sujetos con acceso privilegiado a la educación de hacerse cargo del problema de la socialización del conocimiento científico, dejándola al arbitrio de las instituciones en donde se produce y transmite.

Tomemos en consideración el caso de China, en donde el Gobierno ha desarrollado una política de proteccionismo cultural hacia prácticas como la acupuntura, la medicina tradicional y el Tàijí (taichí), entregándoles un espacio de validación paralelo al de la medicina científica, aunque en una relación subsidiaria con esta última. En 1950, Máo Zé Dōng pronunció un discurso en apoyo de la medicina tradicional china:

Los equipos de trabajo de salud de nuestra nación son grandes. Tienen que ocuparse de más de 500 millones de personas [incluyendo] jóvenes, viejos y enfermos. (…) En la actualidad, los doctores en medicina occidental son pocos, y por lo tanto las amplias masas del pueblo, y en particular los campesinos, dependen de la medicina china para tratar las enfermedades. Por lo tanto, debemos esforzarnos por la completa unificación de la medicina china. [3]

El respaldo del líder era de naturaleza práctica y veía en la medicina tradicional china una fórmula provisoria ante la escasez de médicos; su mirada a largo plazo inspirada por el naturalismo marxista apuntaba a una síntesis dialéctica entre la medicina china y la occidental. Contrario a las expectativas iniciales de Mao, cuando los estudiosos más prestigiosos de la medicina tradicional entraron en contacto con los médicos -chinos y occidentales- formados bajo el rigor del estándar científico, estos se encontraron con que sus conocimientos eran mirados en menos por su incapacidad de adecuarse a estándares empíricos de la medicina occidental. Ante la incapacidad de validar una autoridad cuyo único respaldo era la ciega esperanza del Partido, el conflicto comenzó a tomar tintes identitaristas que fueron tempranamente identificados por las élites gobernantes y explotadas en la reelaboración de una estrategia propagandística de exaltación de todo lo auténticamente chino y revolucionario.

La principal dificultad de este proyecto fue que, por cientos de años, las prácticas de sanación en China habían sido fundamentalmente sincréticas e idiosincráticas, por lo que no había tal cosa como “medicina china”, sino un conjunto de prácticas dispersas que mezclaban creencias mágicas, filosofía y experiencias personales. Lo que conocemos hoy por medicina tradicional china solo comenzó a tomar forma clara bajo la presiones simultáneas de la Guerra Fría y la Revolución Cultural. Desde entonces, la institucionalidad híbrida del sistema de salud chino se ha hecho cargo de un problema práctico y uno ideológico al mismo tiempo, distribuyendo los beneficios de la medicina científica en la medida de que el sistema político-económico lo ha permitido y resguardando la integridad de la unidad ideológica nacional de los peligros de la crítica racional de las masas enturbiando la visibilidad mediante la introducción de valores dicotómicos de alta connotación emocional, como lo son los del nacionalismo.

Esta visión de la racionalidad científica como problema social y político transporta la discusión al terreno de lo ideológico, y solo desde ahí se puede comprender la postura asumida por las interpretaciones más radicales del relativismo epistémico, quienes sostienen que todo sistema de creencias es igualmente válido y merece el mismo grado de aceptación social e influencia en nuestras vidas. Estas ideas han trascendido los límites de la academia y se han vuelto incluso parte del sentido común en los movimientos sociales de emancipación, convirtiéndose muchas veces en el piso mínimo moral exigido para comenzar a pensar la realidad en términos políticos.

La evidencia más clara de que nos encontramos ante un tipo de falsa conciencia, en el sentido marxista del término, es que basta aterrizar el planteamiento a cualquier problema real para que el esquema explicativo se desmorone por sí solo. ¿Quién podría defender seriamente la idea de que una comunidad indígena en la Amazonía no se vería beneficiada por el acceso a fármacos antipalúdicos para tratar la malaria?, ¿o que el uso de preservativos es la única medida efectiva para contener el implacable avance del SIDA en el África subsahariana?

En un peligroso giro epistémico defensivo, la subcultura dominante al interior de la izquierda sobrestima las herramientas culturales y materiales de los oprimidos para hacer frente a los opresores, entregando una falsa sensación de confianza que propicia la emergencia de un sujeto político contenido en los márgenes de un conflicto social estéril y propenso a la institucionalización ritualística. Esta mirada cortoplacista se sostiene en un tipo de pensamiento mágico en donde son las mismas condiciones que producen la marginalidad y la miseria las que supuestamente entregan los insumos suficientes y necesarios para la liberación. La aplicación simétrica de dicho razonamiento termina por cerrar un cuadro explicativo en donde se produce la ilusión de que es el látigo, y no quien lo sostiene, el responsable de la violencia que se ejerce con él.

La trampa ideológica del relativismo mantiene a los oprimidos en su manera localista de ver al mundo, al mismo tiempo que los que se ubican en una posición de poder privilegiada se reservan para sí los medios de acceso a las tecnologías que la ciencia produce. Con todo, no se puede objetar que una parte importante de las injusticias del mundo tienen como antecedente instrumental a la ciencia, pero en ningún caso puede reducirse a la injusticia misma.

No se trata de negar que algún conocimiento significativo pueda surgir fuera de los confines de la institucionalidad científica, y de hecho la historia abunda en ejemplos en donde el avance tecnológico ha sido incorporado a la ciencia desde lugares inusitados. El éxito de la ciencia proviene de su capacidad de institucionalizar una serie de estrategias o prácticas que ya se encuentran presentes de manera germinal en cualquier cultura, tales como la estandarización, la experimentación o el pensamiento lógico-matemático.

Por otra parte, contrario a la caricatura popular, el cuerpo de conocimiento de la ciencia moderna tiene una base fundamentalmente sincrética que tomó elementos no solo de la cultura europea, sino también de la árabe, a quienes por ejemplo adeudamos nuestro sistema de notación numérica; o la china, de quienes heredamos tecnologías fundamentales para el desarrollo de nuestra civilización como la pólvora y la fabricación industrial del papel. 

Un error común consiste en interpretar la falibilidad del conocimiento científico como una prueba irrefutable de que no podemos confiar él, pero esta mirada yerra al no reconocer que la ciencia es un proyecto social de relevancia colectiva en permanente construcción y, en consecuencia, vulnerable al error y la manipulación como cualquier otro. Ya en 1842, cuando aún la defensa de la racionalidad era en contra de los representantes del conservadurismo religioso y no del progresismo de izquierda, Andrés Bello exponía esta idea en su discurso inaugural de la Universidad de Chile:

Si entendimientos extraviados han abusado de sus conocimientos para impugnar el dogma, ¿qué prueba esto, sino la condición de las cosas humanas? Si la razón humana es débil, si tropieza y cae, tanto más necesario es suministrarle alimentos sustanciosos y apoyos sólidos. [4]

Además de los errores humanos y de las muy reales manipulaciones de resultados en las investigaciones científicas, es frecuente observar que el origen de las inconsistencias proviene no de los científicos, sino de la interpretación errada de los medios de comunicación. Al sensacionalismo periodístico se suma a la ausencia de un mercado cultural que demande un trabajo serio en la materia, decantando en la consolidación de una verdadera barrera cultural de desinformación. Mientras tanto, en el otro lado del muro, las instituciones de las que dependen los científicos restringen su capacidad de influencia fuera de los confines de su universo de bolsillo, demandando de ellos una producción siempre creciente de publicaciones criptografiadas en ofrenda a las revistas acreditadas por los monstruos editoriales académicos.

¡Qué sería de los aficionados al conocimiento sin la desinteresada osadía de algunos valientes como Alexandra Elbakyan y la iniciativa Sci-Hub o de la anónima comunidad siempre laboriosa detrás de Wikipedia!

Pero la excepcionalidad de los héroes no ha sido nunca en la historia la medida del ser humano. Para el común de los mortales, asumir un compromiso con la guerrilla contracultural de la socialización del conocimiento científico representa un riesgo innecesario para la preservación individual y de los seres queridos. La mera publicación de un libro de divulgación constituye más un obstáculo que un incentivo para la consolidación de una carrera profesional o académica, libro que incluso de alcanzar un espacio en los anaqueles de las librerías, debe además hacer frente y validarse ante un clima cultural hostil que un día duerme en el fanatismo deportivo o la vacuidad de la farándula, y al siguiente despierta enceguecido en la furia del anticientificismo y la defensa de la irracionalidad.

Lo anterior sólo subraya la urgencia de que los diferentes integrantes de la sociedad se involucren con el problema de la ciencia a través de un planteamiento social, y que no pueden ser solo los científicos los que carguen con el peso de una responsabilidad que incide en la estructuración de nuestro mundo. Evidentemente, esto es impensable sin la construcción de una cultura capaz de integrar la racionalidad a sus prácticas individuales y colectivas, por lo que el rol de la educación, los medios de comunicación e incluso el arte, adeudan a la ciencia un espacio de representación proporcional que sea capaz de abrir puentes entre el mundo científico y el resto de la sociedad.

Conclusiones

A pesar de las múltiples consecuencias negativas de la actual crisis sanitaria, lo cierto es que la inédita honestidad suscitada por la amenaza de la enfermedad y la muerte nos ofrece una oportunidad histórica para discutir como sociedad los compromisos epistémicos que nuestra cultura naturaliza como parte del sentido común, y en particular en lo que respecta al lugar del conocimiento científico en ella. Ante un escenario lleno de simbolismos trastocados, queda en evidencia que los rasgos relativistas y centrados en el individuo, tan propios de la cultura contemporánea, comienzan a mostrar los primeros síntomas de desestructuración y fragmentación, mostrando su incapacidad para hacerse cargo de la magnitud de la catástrofe.

Quizás éste sea el momento oportuno para comenzar a cuestionar un sistema de creencias que sólo nos permite entender el mundo a través de la pontificación o apostasía de autoridades absolutas, las que, si bien nos ofrecen una cómoda plataforma ideológica para posicionarnos ante el conflicto social, también oscurecen las complejas relaciones internas de las instituciones de producción de conocimiento. En su lugar se nos presenta como alternativa la posibilidad de cultivar un espíritu racionalista conducido por los valores del escepticismo y curiosidad ante el mundo, superando las limitaciones del antropocentrismo para encontrar nuestro lugar en una realidad de recursos vastos, aunque limitados y que además compartimos con una enorme diversidad de seres vivos. Entonces nos encontraremos en condiciones de transparentar las contingencias que median nuestra relación con los discursos de los expertos y las estructuras de poder, democratizando tanto el acceso como la incidencia en la producción del conocimiento científico.

El impacto de la pandemia tomó desprevenido y puso un alto a un país que se encontraba en medio de un proceso histórico de transformación social y política; imponiendo con su radicalidad un ejercicio de sinceridad epistémica que deja en claro la centralidad del problema de la ciencia en nuestras vidas. Un despiadado recordatorio de que sólo una cultura comprometida con la responsabilidad social de la racionalidad puede tomar la dirección hacia proyectos inspirados por el ideal del bienestar común, como lo son el acceso universal a la salud, la educación, la vivienda y las pensiones dignas.

Danilo Soza Polo

Profesor de Lengua y Literatura


[1] https://www.youtube.com/watch?v=zOJZHfTYEe4

[2] https://www.eldesconcierto.cl/2020/04/15/el-virus-de-los-cuicos-que-recorre-chile/

[3]Taylor, K. Chinese Medicine in Early Communist China, 1945-63: A Medicine of Revolution. London and New York: RoutledgeCurzon

[4] https://www.uchile.cl/noticias/115317/andres-bello-y-el-discurso-inaugural-de-la-universidad-de-chile

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